En 2005, los jóvenes de los barrios pobres de las periferias de las ciudades francesas pusieron en jaque a la misma República a base de quemar coches y polideportivos por la noche y esconderse por el día. Era una revuelta desesperada, sin sentido ni jefes ni ideología que, eso sí, alertó de las miserables condiciones de vida que existían en estas ciudades de aluvión que rodean, por ejemplo, París.
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